9 horas después del final del plazo establecido, Grecia y sus socios de la eurozona han anunciado que se había llegado a un acuerdo. Se ha evitado la catástrofe. No hay “Grexit”. Las condiciones que debe cumplir Alexis Tsipras son bastante más duras que las que le llevaron a levantarse de la mesa de negociación el pasado 26 de junio, y hay quienes lo interpretan como un castigo. Pero es evidente que la situación de la economía griega se ha deteriorado en estas dos semanas, y ello no es responsabilidad de “Bruselas” o de “Berlín” sino que tiene que ver con la interrupción unilateral de las negociaciones y la convocatoria del referéndum. Ello provocó la conclusión del segundo rescate y el impago al FMI, lo que a su vez obligó al BCE a congelar la línea de liquidez y a las autoridades griegas a cerrar los bancos, estableciendo el control de capitales y dando paso al “corralito”. Todo ello se hubiese podido evitar.

Tsipras ha vuelto a la negociación debilitado, aunque su propósito fuese exactamente el contrario. No tenía una alternativa diferente a la firma de un acuerdo, pues ahora necesita más ayuda financiera y de forma urgente. Y sus interlocutores se han visto obligados a exigirle más garantías, pues el referéndum redujo aún más los niveles de confianza sobre su compromiso para cumplir y hacer cumplir lo pactado. Los electores y los parlamentos de los otros países de la eurozona no parecen dispuestos a recibir, de nuevo, gato por liebre.

Pero todos debieran extraer algunas lecciones de lo ocurrido, no sólo Grecia. La Unión Económica y Monetaria no puede seguir funcionando de esta manera. Sus decisiones no pueden esperar al último minuto, no tienen por qué adoptarse de manera agónica. Porque es verdad que se ha evitado el escenario catastrófico de la ruptura de la zona euro. Pero quienes apostaron por el euro considerándolo algo más que una moneda, y vieron en él una palanca para impulsar la integración europea, se sienten hoy decepcionados y preocupados. La voluntad política de avanzar hacia un nivel más ambicioso de integración ha estado ausente en muchos de los argumentos y actitudes que hemos visto en estas semanas de sobresaltos e incertidumbres.

Ahora, superado el día en el que hubo riesgos evidentes de ruptura, hay que poner manos a la obra para apuntalar el edificio al tiempo que se desarrollan los compromisos suscritos en el acuerdo con Grecia. Sería imperdonable volver a las andadas, pues no se puede volver a tensar la cuerda que ha estado a punto de romperse dejando a Grecia y a los demás países del euro por los suelos.

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