14Oct
2015
Escrito a las 8:27 am

El principio de subsidiariedad es un elemento importante a tener en cuenta si queremos avanzar en la integración europea. Una cosa es estar a favor de “más Europa” –como es el caso de quienes nos consideramos europeístas- y otra muy distinta es pretender que todo debe decidirse en Bruselas. No se trata de eso, ni mucho menos. Europeístas con tantas credenciales como Jacques Delors o Felipe González, entre mucho otros, han reiterado que no verían mal reenviar “hacia abajo” algunas de las actuales competencias asignadas a la Unión Europea.

Cualquiera que haya estado en contacto con las instituciones de la Unión Europea, ya sea la Comisión, el Consejo o el Parlamento, sabe que lo que los anglosajones llaman “la devolution” es perfectamente posible, lógica e incluso deseable. El exceso de normas técnicas que se aprueban con rango legal no ayuda en muchos casos a profundizar en el mercado único, y en cambio sirven de argumento demagógico para quienes pretenden atacar los fundamentos del proyecto europeo.

En otros casos, la Comisión o el Parlamento europeo intentan participar en el debate de asuntos que interesan a los ciudadanos europeos pero que no forman parte del abanico de competencias atribuidas a la UE por los Tratados, lo cual en sí mismo no tiene nada de extraño. Pero si lo hacen sin partir de un conocimiento preciso de las peculiaridades nacionales, con formulaciones generales y, en el peor de los casos, con un cierto tono de superioridad, el remedio es peor que la enfermedad. En vez de acercar las instituciones europeas a los ciudadanos, éstos ven que lo que dice o piensa “Bruselas” tiene muy poco que ver con su realidad cotidiana.

Por eso, lo más recomendable para que la opinión pública se sienta cada vez más identificada con las instituciones de la UE, y las considere tan suyas como las de su propio país, es que aquéllas se concentren en las tareas que tienen encomendadas, que hagan lo mejor posible su trabajo y que, en caso de que vean necesario actuar en terrenos no explorados hasta ahora, expliquen muy bien por qué.

Y no faltan razones para hacerlo en una serie de áreas, en las que es urgente avanzar y compartir soberanía a escala de la UE. Se debate mucho sobre la Unión Económica y Monetaria, y se seguirá debatiendo. Hay argumentos muy serios para avanzar hacia una Unión Fiscal, que supere el actual nivel de coordinación de políticas nacionales. Lo mismo sucede con la necesidad de una Unión Económica, que acelere la convergencia de las economías que comparten el euro como moneda común.

Pero el de la UEM no es el único terreno en que es necesario romper las barreras actuales y moverse en el sentido de una mayor integración. La energia, la economía digital, los mercados de capitales, la inmigracion…. Son muchos los ámbitos en los que Europa está aún en una fase inicial de su integración. 

En momentos en los que los argumentos populistas arrecian, -y ahí incluyo también a algunos nacionalistas “domésticos”- hay que atreverse a argumentar en favor de objetivos más ambiciosos para compartir una parte de nuestra soberanía nacional. La crisis del Estado-nación no es un invento pasajero. No lo es pensando en cómo descentralizar una serie de poderes y competencias que se gestionan de manera mucho más eficaz en niveles “sub-nacionales”, y en algunos casos “sub-europeos”.

Pero la crisis del Estado-nación es también evidente cuando se analizan con serenidad los enormes desafíos que, en el siglo XXI, ya no encuentran solución yendo cada Estado por su lado. Pensar que la solución a muchos de los principales problemas que debemos afrontar vendrá de una simple coordinación de los Estados que forman parte de la Unión sólo puede conducir al fracaso y a la frustración. Y eso es aplicable a los nacionalistas “domésticos” tanto como a los partidarios a ultranza de los Estados-nación.

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