18Nov
2015
Escrito a las 9:31 am

¿Cuántas veces hemos escuchado que lo que se necesita para superar la crisis es “hacer reformas estructurales”? De tanto repetirse, esa llamada corre el riesgo de convertirse en un estribillo vacío de contenido. Pero a pesar de todo, no hay que dejarla caer en saco roto. Veamos por qué.

La economía europea se enfrenta a un serio problema de falta de crecimiento. Ya antes del estallido de la crisis, nuestra productividad aumentaba menos que la de nuestros competidores ni se generaba empleo suficiente. Los países emergentes aumentaban sus cuotas de mercado gracias a sus impresionantes mejoras de competitividad. Y en el horizonte aparecían nubarrones como consecuencia del envejecimiento de la población y sus consecuencias sobre la sostenibilidad del sistema de protección social.

Desde el estallido de la crisis en 2008, el excesivo endeudamiento –primero privado, y ahora también público- constituye un nuevo motivo de preocupación, pues limita el margen de maniobra de la política económica y frena el crecimiento. El desgaste sufrido por muchos gobiernos afecta a su vez al grado de confianza que los votantes están dispuestos a depositar en sus líderes políticos.

Así que el miedo al futuro y el pesimismo sobre el presente abren la vía para que los populismos traten de pescar en río revuelto, mediante análisis simplistas y  en vez de ofrecer salidas viables prometen aplicar recetas simplistas que no conducirían a ninguna parte. ¿Qué hacer para no quedarse de brazos cruzados ni emprender un viaje hacia callejones sin salida? ¿Cómo abordar las reformas necesarias en este contexto?

El pasado lunes participé en Lisboa en un debate que trataba de responder a esa pregunta. Alrededor de un interesante estudio elaborado por la consultora McKinsey, expusimos nuestras ideas los tres ponentes convocados: el anterior Presidente de la Comisión Europea José Manuel Barroso, el ex – Presidente del Consejo Europeo Herman Van Rompuy y yo mismo.

Mis argumentos pueden resumirse en los siguientes puntos:

  • Es cierto que hay reformas que siguen siendo responsabilidad directa de los gobiernos y parlamentos nacionales (educación, mercado de trabajo, pensiones, etc …) pero otras solamente pueden llevarse a cabo a escala de la Unión Europea (energía, digital, mercados financieros). Y la UE debe además jugar un papel activo coordinando las agendas y planes de reformas de los distintos países. También aquí, Europa es importante.
  • Casi nunca podremos escoger un momento ideal para lanzar las reformas. Si las cosas van bien, siempre habrá quien quiera dejar las decisiones difíciles para más adelante. Mientras que en periodos de vacas flacas es probable que haya quien no quiera añadir esfuerzos adicionales a los sacrificios generados por el paro o la pérdida de ingresos. Pero la experiencia indica que aplazar una y otra vez las reformas solamente consigue aumentar sus costes y alejar en el tiempo sus efectos positivos. Nadie sale ganando con la parálisis en las reformas.
  • El debate entre los partidarios de las “políticas de oferta” y los que sostienen que las soluciones se encuentran siempre por el lado de la demanda quizás resulta interesante desde el punto de vista teórico, pero en la realidad hay que actuar sobre ambos lados. Sin demanda suficiente, las reformas no pueden producir los efectos deseados; y un impulso a la demanda que no vaya acompañado por reformas en el funcionamiento de los mercados de productos y servicios, generará más pronto que tarde desequilibrios no sostenibles. La perspectiva macroeconómica y la microeconómica no son contradictorias, sino complementarias.
  • La necesidad de actuar de manera coordinada en el seno de la UE no quiere decir que todos los países tengan que guiarse por la misma lista de prioridades a la hora de emprender reformas. Y en todo caso, no se pueden abordar a la vez todas las reformas que se consideren necesarias. La secuencia de la agenda reformadora es casi tan importante como la lista incluida en esa agenda.
  • Y por último, teniendo en cuenta la timidez de la actual fase de recuperación de las economías europeas a pesar de los vientos de cola que nos están ayudando en los últimos trimestre, hay una variable estratégica que tiene que estar presente en cualquier estrategia de reformas: la inversión. Por eso, es imprescindible una reflexión a fondo sobre la manera en que el exceso de ahorro del que goza la economía, en especial en Alemania y algún otro país de la eurozona, puede ser canalizado de manera eficiente hacia la inversión en vez de ser exportado a otras áreas con menor necesidad de apelar al ahorro importado para financiar su crecimiento.

Por supuesto, es más fácil predicar que dar trigo. Pero también es obvio que el trigo no crece si antes no se ha sembrado el campo. Y también es recomendable pensar bien dónde estamos esparciendo la semilla, y cuál es el momento adecuado para hacerlo.

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