11Abr
2016
Escrito a las 4:28 pm

El pacto de Cameron y el Consejo europeo merecerá la pena si el Reino Unido permanece en la Unión Europea sin obstaculizar las reformas pendientes. Para los británicos, las ventajas de la permanencia superan en mucho a los inconvenientes

Artículo de opinión publicado en El País

20160411 - El País Eva Vázquez

Foto: El País / Eva Vázquez

Reino Unido si decide abandonar la UE y sus serias repercusiones sobre el resto de Europa añaden dramatismo a un panorama europeo plagado de graves problemas no resueltos: la crisis de los refugiados, los embates del terrorismo yihadista, una crisis económica que extiende sus efectos al terreno social y a la esfera política. La UE pasa por un momento extraordinariamente difícil. Las instituciones de la Unión están atenazadas por el miedo de los Gobiernos nacionales a ser desbordados por los argumentos populistas. En los últimos tiempos ha cundido la tentación del “sálvese quien pueda” pese a que cada vez que algún país intenta tomar iniciativas aisladas al margen del marco comunitario genera conflictos con sus socios sin ofrecer a cambio soluciones eficaces.

Si gana el Sí a la permanencia en la UE, y el tradicional pragmatismo británico prevalece finalmente sobre los mensajes emocionales y nostálgicos que añoran el “espléndido aislamiento”, se producirá un gran alivio en casi todo el mundo. El pacto entre Cameron y sus colegas del Consejo Europeo suscrito en febrero tiene indudables aristas —algunas de las cuales pueden llegar a rozar la incompatibilidad con principios básicos de la Unión— y varios de sus elementos son difíciles de asumir por los partidarios de seguir avanzando en la integración. Aunque por motivos opuestos, el acuerdo gusta aún menos a los euroescépticos. Pero, probablemente, es el menos malo de los acuerdos posibles.

No obstante, el precio elevado de ese acuerdo habrá merecido la pena si a cambio se consigue que el Reino Unido permanezca en la UE sin obstaculizar las decisiones que se requieren para abordar el futuro europeo sobre bases sólidas: la reforma de Schengen y de la legislación de asilo y refugio, el impulso de la acción exterior y en materia de seguridad, las reformas pendientes de la Unión Económica y Monetaria y la profundización del mercado interior en áreas como la energía, lo digital o los mercados de capitales.

El acuerdo de febrero reconoce de manera explícita lo que el Reino Unido ha ido persiguiendo paso a paso desde el Tratado de Maastricht: convertirse en un caso excepcional y único en cuanto al nivel de su integración y de sus ambiciones como miembro de la UE. Lo que hasta ahora era una realidad de facto pasa ahora a ser reconocido formalmente. Ningún otro Estado miembro ocupa una posición tan “periférica”, ni podrá hacerlo en el futuro. Pero, a pesar de todo, es asumible. Alguien tan poco sospechoso de tibieza europeísta como el Instituto Jacques Delors-Notre Europe afirma en un análisis que el acuerdo acentúa la diferenciación del Reino Unido pero no rompe nada esencial, aunque haya que vigilar de cerca su aplicación.

La victoria del No tendría costes muy significativos para Reino Unido tanto en el orden económico como en el político, fuese cual fuese la alternativa elegida para ubicarse fuera de la Unión. Se barajan diferentes posibilidades, desde la integración en el Espacio Económico Europeo (Noruega), hasta la firma de un conjunto de acuerdos bilaterales con la UE (Suiza), la negociación de un acuerdo bilateral de libre cambio (Canadá) o la simple remisión a las normas de la Organización Mundial de Comercio. Todas ellas implican serios retrocesos respecto de la situación actual sin aportar a cambio las ventajas que proclaman los antieuropeos. Poco a poco, las falacias que han venido utilizando los partidarios del No van quedando al descubierto. El Reino Unido deberá optar por seguir sometido a las regulaciones de Bruselas sin poder incidir en sus decisiones, o aceptar alternativamente su exclusión del mercado único. A la City le será imposible en uno u otro caso gozar del pasaporte exigible para operar en los mercados del continente. Y junto a la pérdida inevitable de mercados en la UE y de capacidad de atracción de inversiones extranjeras habría que sumar la consiguiente pérdida de influencia británica tanto en Europa como en el resto del mundo.

Más allá de la economía, en un asunto tan serio como la lucha contra el terrorismo, no es admisible el intento de los euroescépticos de culpar a la UE de los fallos derivados de la falta de cooperación entre los diferentes servicios policiales y de inteligencia nacionales por parte de quienes se han negado a participar en los sistemas de coordinación existentes, por imperfectos que éstos sean. En cuanto al tema de la inmigración, que se ha situado en el centro del debate, los hechos contradicen a quienes tratan de esgrimirlo como ariete antieuropeo. No hay tensiones apreciables derivadas de un exceso de mano de obra procedente del exterior, con una tasa de paro cercana a una situación de pleno empleo. Y la presión sobre el gasto social de los inmigrantes y sus familias se mantiene en niveles perfectamente asumibles.

Por supuesto, los demás europeos también nos jugamos mucho con el resultado del referéndum del 23 de junio. No podemos participar activamente en una campaña que pertenece a quienes van a ejercer su derecho al voto en menos de tres meses, pero los líderes de los otros 27 Estados miembros y los máximos responsables de la Comisión y del Parlamento europeos están obligados a expresar su opinión, como están haciendo Barack Obama y otras voces relevantes en Estados Unidos —recordando que la “relación especial” entre Washington y Londres dejaría de tener sentido en caso de Brexit— y en el resto del mundo.

Pese a la incomodidad generada por las condiciones que Cameron ha arrancado en el acuerdo de febrero, conviene reconocer sin ambages que las ventajas de la permanencia del Reino Unido en la UE superan claramente a los inconvenientes de seguir contando con un Estado miembro especial, que no comparte algunos de los objetivos del proyecto de integración europea que muchos consideramos más deseables. Pero como dice el estudio del Instituto Jacques Delors al que me he referido antes: “Para estar en la UE no es imprescindible ser europeísta, basta simplemente con preferir estar dentro que fuera”.

Por último, un alto responsable europeo puso el dedo en la llaga al manifestar que “tras cuarenta años de presencia problemática en la UE, Reino Unido ha agotado la mayor parte, si no la totalidad, del capital político que tuvo en el pasado de cara a sus socios”. Habrá que tenerlo muy en cuenta tras el 23-J tanto al poner en práctica los puntos acordados para acomodar al Reino Unido en el marco comunitario tras la victoria del Sí, como en caso de tener que negociar el futuro estatus del Reino Unido tras el triunfo del Brexit.

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