25May
2016
Escrito a las 9:41 am

Publicado en Abril de 2016 en la Revista de la Asociación de Ex Diputados y Ex Senadores de las Cortes Generales.

La situación que atraviesa la UE, en el 30 aniversario de nuestro ingreso, no invita precisamente la autosatisfacción. Los conflictos, los problemas y los desafíos se acumulan sobre la mesa, y algunas fuerzas centrífugas parecen cobrar cada vez más fuerza tensionando las relaciones entre los Estados Miembros con una imagen de Europa preocupante. No hay por qué ocultar que 2016 está siendo un “annus horribilis” para la UE.

Pero los árboles, por sombrío que sea el panorama, no nos deben impedir ver el bosque. El 1 de enero de 1986 marcó para España un antes y un después en nuestra historia contemporánea. Aquel día culminamos el difícil camino recorrido para nuestra transformación desde una dictadura aislada del mundo democrático, privada de los requisitos esenciales para participar como miembro activo en la comunidad internacional, en un Estado social y de derecho dispuesto a compartir el futuro con quienes habían decidido garantizar la paz, las libertades y los derechos de sus ciudadanos a través de la integración de sus mercados y la reconciliación de sus respectivas sociedades.

20160525 Un aniversario en tiempos difíciles

Imagen: Revista de la Asociación de Ex Diputados y Ex Senadores de las Cortes Generales

El ingreso de España en la UE contó con el respaldo de prácticamente todos los partidos y de una robusta mayoría de los votantes, es enormemente positivo. Europa nos ha servido como ancla para consolidar definitivamente nuestra democracia y capear los lógicos vaivenes electorales y las tensiones sociales propias de una sociedad viva y dinámica. A través de los avances en la construcción del mercado interior y de la moneda única nos ha proporcionado una apreciable estabilidad económica, condición necesaria aunque no suficientes para resolver nuestros problemas en el ámbito socioeconómico. La Unión ha jugado también un papel de guía orientando muchas de las reformas institucionales, sociales económicas y financiando a través de la política de cohesión la modernización de nuestras infraestructuras y equipamientos. Tras estas tres décadas, nuestra democracia no tiene nada que envidiar en términos generales a las de los países con más tradición. España sigue siendo un país profundamente europeísta.

Los efectos de la crisis

Pienso que no todos esos problemas tienen su origen en la crisis económica. Ya en 2005, un año después de haberse dado un paso de gigante para la reunificación del continente con la entrada de diez nuevos Estados miembros procedentes en su mayoría del antiguo bloque comunista, los electores franceses y holandeses rechazaron en referéndum el proyecto de Tratado constitucional. Dos países fundadores de la Unión propinaron así un duro golpe el intento de avanzar hacia una integración más ambiciosa desde el punto de vista político. El mensaje, por desgracia, no pudo ser más claro: una parte sustancial de quienes iniciaron el camino hacia “una unión cada vez más estrecha” a mediados del siglo pasado mostraban con claridad sus recelos hacia ulteriores cesiones de soberanía en beneficio de las instituciones comunes.

El impacto de la crisis ha exacerbado posiciones defensivas, tentaciones proteccionistas y egoísmos nacionales de la UE

El impacto de la crisis económica ha exacerbado las posiciones defensivas, las tentaciones proteccionistas y los egoísmos nacionales. Y quienes mejor saben desenvolverse en ese clima caracterizado por el miedo al futuro y la sensación de desprotección y de impotencia ante la acumulación de preguntas sin respuesta, son los populismos de diverso signo que ganan terreno elección tras elección, tanto en el Parlamento Europeo como en muchos parlamentos nacionales. En la medida en que las consecuencias de la crisis se siguen cebando sobre los segmentos más débiles de la sociedad, los planteamientos de la Comisión y de los sectores europeístas tratando de definir nuevos avances de la integración en una serie de áreas – Unión Económica y Monetaria, Unión por la Energía, Mercado único digital, Mercado único de Capitales, acción exterior común… – siguen encontrando serias dificultades para hacerse valer frente a los argumentos simplistas y demagógicos de los populismos.

El peligro del Brexit

En los últimos meses, la convocatoria del referéndum en Gran Bretaña para dilucidar si sigue en la UE o decide abandonar el proyecto al que se sumó hace más de cuatro décadas, ha venido a añadir riesgos adicionales a los ya conocidos. Si el resultado fuese el “Brexit”, las consecuencias serían muy nocivas para los propios británicos, que comprobarían a qué han quedado reducidas en el siglo XXI sus viejas glorias imperiales. Pero el resto de los europeos también saldríamos magullados. La UE sin el Reino Unido perdería peso económico, relevancia diplomática, poder militar y mucha autoestima, al tiempo que determinados sectores de la opinión pública en otros Estados miembros podrían albergar tentaciones de seguir el camino abierto por los británicos.

El “Brexit” sería muy nocivo para los británicos, la UE perdería peso económico, relevancia diplomática y mucha autoestima

Y por último, la crisis de los refugiados está provocando un inmenso drama humanitario frente al cual la UE se ve incapaz de aportar soluciones viables, dentro de nuestras fronteras o en los países vecinos que albergan a millones de refugiados y desplazados. Tampoco cabe esperar, por desgracia, que quienes no se atreven ni siquiera a imaginar una futura política común de defensa, vayan ahora a ser capaces de influir de manera eficaz en la solución de los conflictos bélicos que están en el origen de esta tragedia.

Fortaleza Europea

Estoy convencido de que la integración europea es suficientemente fuerte como para resistir las actuales tensiones centrífugas. No creo que se vaya a producir el fin de Schengen pese a la situación tan difícil que estamos viviendo. Igual que nunca creí, ni lo hago ahora, en los riesgos de desintegración de la Unión Económica y Monetaria o en la salida de Grecia del euro. Incluso apuesto por que los votantes británicos, al final, se inclinarán por seguir dentro de la UE, aunque su estatus sea diferente y lo vaya a seguir siendo en el futuro. Pero el momento por el que atraviesa hoy la UE es grave. Las carencias de la integración, mejor dicho del grado de integración alcanzado hasta, ahora han quedado al descubierto. Los valores europeos – derechos y libertades, protección de los derechos humanos y de la dignidad de las personas, cohesión social, sociedad abierta – están siendo puestos a prueba y hay quienes los llegan a poner en cuestión. Es preciso actuar sin demora por parte de quienes tienen sobre sus espaldas la responsabilidad de buscar salidas comunitarias a los problemas, en vez de ceder a la tentación del “sálvese quien pueda”. Y esa responsabilidad no se puede endosar de manera simplista a la Comisión Europea, ni siquiera al Parlamento Europeo. Quienes tienen en sus manos la posibilidad de tomar la iniciativa son los Jefes de Estado y de Gobierno reunidos en el Consejo Europeo.

Creo que por ahí debe venir el principio de las soluciones que necesita Europa, y confío en que así se produzca. No hay que dejarse llevar por el derrotismo. La integración europea tiene ya raíces muy fuertes, y además es imprescindible para satisfacer las ambiciones y las demandas de los ciudadanos en una serie de áreas. El crecimiento económico y la competitividad, la seguridad exterior, la regulación y gestión de los flujos migratorios… no pueden afrontarse con éxito en el mundo global desde la perspectiva exclusiva del viejo Estado-nación. Y por supuesto, para afrontar la crisis de los refugiados desde el respeto a nuestros valores y a la legalidad, hay que unir esfuerzos a escala europea, cuando no mundial.

 


Gobiernos nacionales

Los gobiernos nacionales no debieran intentar esconderse tras la opinión de sus votantes. Cuando se pregunta a los ciudadanos su opinión, el apoyo a los avances en la integración es muy amplio. Más de dos tercios de los escaños del Parlamento Europeo elegido hace menos de dos años los ocupan diputados pertenecientes a partidos profundamente europeístas. Y eso mismo se deduce de los sondeos de opinión recientemente publicados.

Los encuestados consideran que la primera prioridad de la Unión es la paz y seguridad, por lo que no parecen oponerse a una mayor coordinación de la acción exterior. En segundo lugar cita en el crecimiento, área en la que es bastante obvia la necesidad de actuar de manera conjunta o al menos coordinada. También mencionan el lugar destacado la reducción de desigualdades, que los Estados Miembros pretenden mantener en sus manos, y la inmigración, terreno en el que es obvia la necesidad de actuar en común pese a las dificultades de armonizar los intereses particulares de cada país. En esos cuatro aspectos, tan ligados a los desafíos que hoy estamos enfrentando, la mayoría de la opinión pública pide más, y no menos, Europa, aunque esos mismos ciudadanos son muy críticos con la forma en que se están desarrollando las políticas concretas en relación con esos temas.

El quid de la cuestión que va a determinar el futuro de la UE, y con él nuestro propio futuro, lo han diagnosticado con acierto los ciudadanos: cómo traducir en políticas lo que los votantes quieren obtener de la integración europea. Ahora sólo queda que los líderes políticos escuchen el mensaje y actúen en consecuencia.

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