16Sep
2016
Escrito a las 10:46 am

Artículo publicado en el semanal AHORA el 16 de septiembre

El último libro de Joseph Stiglitz es un alegato inmisericorde contra el euro. El premio Nobel de Economía descarga en él toda su furia, acusándolo de todos los males que aquejan a la Unión Europea —muchos, sin duda— sin pararse a considerar con un mínimo de rigor la existencia o no de causalidad entre el objeto de sus ataques y las consecuencias nefastas que le atribuye.
Sus críticas exageradas llegan hasta imputar al euro algunas carencias estructurales de las economías europeas que vienen de antiguo; o el auge populista, que no es exclusivo de los países de la eurozona. De llevarse a cabo las soluciones que propone se agravarían aún más los destrozos producidos por la crisis”.

German artist Ottmar Hörl 's sculpture depicting the Euro logo is pictured in front of the former headquarter of the European Central Bank (ECB) in Frankfurt am Main, western Germany, on June 24, 2016. ECB said on June 24, 2016 being ready to provide additional liquidity after the Brexit vote. / AFP / DANIEL ROLAND        (Photo credit should read DANIEL ROLAND/AFP/Getty Images)

Vista de la escultura del euro, obra del artista alemán Ottmar Hörl, situada frente a la antigua sede del BCE en Fráncfort. AHORA / DANIEL ROLAND / AFP / Getty Images

“El diseño institucional con el que se puso en marcha el euro en 1999 debe ser completado al mayor ritmo posible. A estas alturas hay práctica unanimidad al respecto”.

“Están cambiando las políticas, aunque Stiglitz pasa sobre ello un tupido velo para facilitar su alegato. La política monetaria, la gestión de las crisis bancarias, la regulación financiera o la política fiscal de la eurozona tienen hoy una orientación bastante diferente a la decidida al comienzo de la crisis. Y en contra de lo que Stiglitz considera, la existencia del euro no ha supuesto en absoluto un obstáculo para ello. Los errores cometidos por quienes decidieron políticas equivocadas no son atribuibles al euro como moneda, sino a las decisiones de los gobernantes”.

“El euro ha demostrado su fortaleza durante la crisis. Y la integración europea, sometida a fuertes tensiones, encuentra en la moneda única su mejor anclaje. Afirmar que la fractura del euro —o su desaparición— sería deseable no solo supone despreciar los costes ingentes de la vuelta a las viejas soberanías monetarias nacionales, cosa poco admisible en boca de un gran economista”.

“Es verdad que la UEM necesita mejorar la calidad democrática de sus decisiones. Los partidarios del euro somos los más interesados en avanzar en ese sentido. Pero recomendar su fragmentación es el mejor regalo que podría hacerse a quienes propugnan volver a las viejas barreras y a las consiguientes tensiones identitarias. El euro nació como un proyecto político para profundizar en la integración europea. Ese proyecto es hoy más necesario que nunca”.

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